Hoy es un día de esos en los que no sé qué es lo que me oprime, pero algo me aprieta el pecho. Muchos lo llaman angustia, pero ni siquiera es eso. Es una mezcla entre impotencia, bronca y decepción, mezclado con ese algo, esa pizca o condimento de tristeza, que no es mucha pero suficiente para darle un sabor amargo a todo ese menjunje.
A toda esa mezcla rara y complicada de explicar la llamo traba. ¿Y por qué traba? Porque cada vez que me pasa me siento trabada, completamente inútil e inoperante. Lo único funcional es esa traba, que maquina dele y dele sin parar en mi cerebro y no me deja pensar en otra cosa.
Ni siquiera tengo sueño, siendo las 12 y media de la noche. Es como si la cabeza me hiciera un piquete y dejara de darle órdenes al resto del cuerpo. Aunque, más que piquete, sería como un paro de la línea 60, dejando que los sentimientos sigan aflorando, pero sin pagar boleto. Así es como lloro, puteo, hasta me río de alguna pavada, pero me vuelvo completamente inservible y el costo beneficio es negativo por culpa de esa traba.
No, hoy no hice nada en toda la maldita tarde.
Por suerte siempre encuentro un atajo, porque no se puede vivir de paro. La vida sigue, hay que trabajar para ganarse el pan y seguir estudiando para construir un futuro. Ese atajo suele ser de muy fácil acceso, el problema es transitarlo para salir de esa traba que a uno lo detiene.
A ese atajo lo llamo puente, al que hay que ingresar cuesta arriba, procurando que no caer nuevamente hacia atrás. Una vez llegado a la cima ya dejás de ver lo que dejás atrás, y la bajada se vuelve más sencilla.
La vida es un complejo mecanismo de trabas y puentes. Escribir para mí es uno de esos tantos puentes que me ayudan a salir de las trabas que me aquejan, y ya siento que estoy casi llegando a la cima.
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