Hoy es un día de esos en los que no sé qué es lo que me oprime, pero algo me aprieta el pecho. Muchos lo llaman angustia, pero ni siquiera es eso. Es una mezcla entre impotencia, bronca y decepción, mezclado con ese algo, esa pizca o condimento de tristeza, que no es mucha pero suficiente para darle un sabor amargo a todo ese menjunje.
A toda esa mezcla rara y complicada de explicar la llamo traba. ¿Y por qué traba? Porque cada vez que me pasa me siento trabada, completamente inútil e inoperante. Lo único funcional es esa traba, que maquina dele y dele sin parar en mi cerebro y no me deja pensar en otra cosa.
Ni siquiera tengo sueño, siendo las 12 y media de la noche. Es como si la cabeza me hiciera un piquete y dejara de darle órdenes al resto del cuerpo. Aunque, más que piquete, sería como un paro de la línea 60, dejando que los sentimientos sigan aflorando, pero sin pagar boleto. Así es como lloro, puteo, hasta me río de alguna pavada, pero me vuelvo completamente inservible y el costo beneficio es negativo por culpa de esa traba.
No, hoy no hice nada en toda la maldita tarde.
Por suerte siempre encuentro un atajo, porque no se puede vivir de paro. La vida sigue, hay que trabajar para ganarse el pan y seguir estudiando para construir un futuro. Ese atajo suele ser de muy fácil acceso, el problema es transitarlo para salir de esa traba que a uno lo detiene.
A ese atajo lo llamo puente, al que hay que ingresar cuesta arriba, procurando que no caer nuevamente hacia atrás. Una vez llegado a la cima ya dejás de ver lo que dejás atrás, y la bajada se vuelve más sencilla.
La vida es un complejo mecanismo de trabas y puentes. Escribir para mí es uno de esos tantos puentes que me ayudan a salir de las trabas que me aquejan, y ya siento que estoy casi llegando a la cima.
miércoles, 22 de julio de 2015
jueves, 16 de julio de 2015
Día del amigo.
Escribo esto hoy, porque el 20 voy a estar con mi cabeza metida en un examen final que tengo que rendir, y lo que menos se me va a pasar por la cabeza (ni quiero que se me pase) es que es el día del amigo y debería estar compartiendo una cerveza con cual y tal persona.
Desde el vamos tenía pensado escribir en Facebook una de esas entradas cursis en las que agradecés a todos tus amigos por estar siempre y confiar en uno tanto en las buenas y en las malas, pero se me ocurrió pensar ¿qué es realmente el Día del amigo?
El día del amigo para mi no es una fecha, ni tampoco son todos los días. El día del amigo es esa anécdota, ese recuerdo, ese relato compartido que vuelve a la amistad una amistad. Y esa anécdota, al tratarse de anécdota en fin no tiene tiempo, ni lugar, es transportable, y mientras se mantenga viva es porque la persona que lo vive lo cuenta con tanta intensidad como en aquel momento en que ocurrió.
El día del amigo es aquella cerveza compartida.
El día del amigo es esa mirada cómplice cuando ESA canción suena en medio de un festival, seguida por un pogo con abrazos intercalados.
El día del amigo es bailar salsa, bachata, reggaeton o el gangnam style (se escribía así?) en medio de la pista sin que nada nos importe.
El día del amigo es esa patada en el culo que te hace reaccionar.
El día del amigo es el reencuentro después de tantos años.
El día del amigo es esa obsesión contagiosa por cierto número.
El día del amigo es aquel primer viaje sin tus viejos.
El día del amigo son esos ensayos con la banda.
El día del amigo es la mudanza de un lunes a las 11 de la noche.
El día del amigo es inventar personajes y hacerlos convivir en historias.
El día del amigo es inventar programas de radio que nunca saldrán a la luz.
El día del amigo es conocerse por primera vez y es como si uno se conociera desde siempre.
El día del amigo es ese NO que te salvó la vida.
El día del amigo es llorar como mandrágora y que no se pongan orejeras.
El día del amigo es ese cumpleaños al que no fuiste y te lo reclaman todos los putos años.
El día del amigo es ese abrazo.
El día del amigo es no coincidir, pero insistir, y seguir desencontrados aún insistiendo.
El día del amigo es tener ganas de cagarlo a trompadas (con cariño) porque te cuenten el final de una serie.
El día del amigo es ese espectáculo de clown.
El día del amigo es, fue y será esa apuesta.
El día del amigo es contar nuestros melodramas en lugar de estudiar a 40 minutos del examen.
El día del amigo es ese amor que no fue, pero que te saca una sonrisa al recordarlo.
El día del amigo es que te recuerden todas las juntadas esa botella de fernet que terminó en el suelo, y sumemos una de cerveza más reciente.
El día del amigo son todas esas cosas, y muchas más.
Las anécdotas son infinitas, así como efímeras.
Muchos dicen que nada es para siempre, pero ojalá que las anécdotas no se terminen nunca. ¡Feliz día del amigo!
Desde el vamos tenía pensado escribir en Facebook una de esas entradas cursis en las que agradecés a todos tus amigos por estar siempre y confiar en uno tanto en las buenas y en las malas, pero se me ocurrió pensar ¿qué es realmente el Día del amigo?
El día del amigo para mi no es una fecha, ni tampoco son todos los días. El día del amigo es esa anécdota, ese recuerdo, ese relato compartido que vuelve a la amistad una amistad. Y esa anécdota, al tratarse de anécdota en fin no tiene tiempo, ni lugar, es transportable, y mientras se mantenga viva es porque la persona que lo vive lo cuenta con tanta intensidad como en aquel momento en que ocurrió.
El día del amigo es aquella cerveza compartida.
El día del amigo es esa mirada cómplice cuando ESA canción suena en medio de un festival, seguida por un pogo con abrazos intercalados.
El día del amigo es bailar salsa, bachata, reggaeton o el gangnam style (se escribía así?) en medio de la pista sin que nada nos importe.
El día del amigo es esa patada en el culo que te hace reaccionar.
El día del amigo es el reencuentro después de tantos años.
El día del amigo es esa obsesión contagiosa por cierto número.
El día del amigo es aquel primer viaje sin tus viejos.
El día del amigo son esos ensayos con la banda.
El día del amigo es la mudanza de un lunes a las 11 de la noche.
El día del amigo es inventar personajes y hacerlos convivir en historias.
El día del amigo es inventar programas de radio que nunca saldrán a la luz.
El día del amigo es conocerse por primera vez y es como si uno se conociera desde siempre.
El día del amigo es ese NO que te salvó la vida.
El día del amigo es llorar como mandrágora y que no se pongan orejeras.
El día del amigo es ese cumpleaños al que no fuiste y te lo reclaman todos los putos años.
El día del amigo es ese abrazo.
El día del amigo es no coincidir, pero insistir, y seguir desencontrados aún insistiendo.
El día del amigo es tener ganas de cagarlo a trompadas (con cariño) porque te cuenten el final de una serie.
El día del amigo es ese espectáculo de clown.
El día del amigo es, fue y será esa apuesta.
El día del amigo es contar nuestros melodramas en lugar de estudiar a 40 minutos del examen.
El día del amigo es ese amor que no fue, pero que te saca una sonrisa al recordarlo.
El día del amigo es que te recuerden todas las juntadas esa botella de fernet que terminó en el suelo, y sumemos una de cerveza más reciente.
El día del amigo son todas esas cosas, y muchas más.
Las anécdotas son infinitas, así como efímeras.
Muchos dicen que nada es para siempre, pero ojalá que las anécdotas no se terminen nunca. ¡Feliz día del amigo!
lunes, 29 de junio de 2015
Carrera de vida
Estaban preparados en la línea de salida. El estadio estaba repleto y la prensa corría de un lado a otro buscando obtener la más auténtica cobertura de los hechos. Los medios más importantes del país aseguraban la cobertura nacional. Nadie quería perderse aquel suceso.
Los nervios les carcomían los huesos a todos los presentes, y a los fotógrafos se les entumecían los dedos alrededor de los controles de sus cámaras. El terreno ya estaba listo y no había ojo que no estuviera puesto en cada uno de aquellos corredores.
Cuando se dio la señal de largada, el estadio se inundó de aplausos y gritos de aliento, sumado a una lluvia de papelitos que cayeron en cascada desde la platea norte.
Uno de los atletas corría a una velocidad increíble. Otro desplegó sus alas y se echó a volar, mientras otros saltaban o volaban gracias a complejos dispositivos que les permitían avanzar a grandes zancadas. El único que caminaba quedó unos cuantos metros atrás en cuestión de segundos.
La prensa corría tras los ágiles. Los cámaras buscaban el mejor ángulo de los que iban en la primera línea, mientras los medios televisivos buscaban cubrir al aparato más extravagante. El caminante caminaba solo, rodeado de la nada. Lo único que recibía era los aplausos que ni siquiera estaban dirigidos hacia él.
Las pantallas gigantes mostraban al que iba en primer lugar. Un estadounidense equipado con dos propulsores de fuego iba en la cabecera, seguido por un ruso con zancos de resortes, mientras que en tercer lugar el hombre de las alas parecía haber ganado terreno. La prensa lo atribuía a un defecto en la maquinaria que portaba el inglés, y especialistas lo consideraban una racha a favor por un cambio en la dirección del viento, pero se le notaba en los ojos la fuerza que le ponía a cada aleteo.
La carrera terminó como lo habían previsto varios apostadores. Salió victorioso el hombre con sus máquinas, y las alas de aquel otro le regalaron un segundo lugar. El tercer puesto ya dejaba de tener importancia. Lo que nadie vio es que el caminante también había llegado a la meta, unas cuantas horas más tarde que el resto de los competidores. Los espectadores ya se habían retirado del estadio, ninguna cámara lo capturaba y sin embargo estaba feliz.
Los nervios les carcomían los huesos a todos los presentes, y a los fotógrafos se les entumecían los dedos alrededor de los controles de sus cámaras. El terreno ya estaba listo y no había ojo que no estuviera puesto en cada uno de aquellos corredores.
Cuando se dio la señal de largada, el estadio se inundó de aplausos y gritos de aliento, sumado a una lluvia de papelitos que cayeron en cascada desde la platea norte.
Uno de los atletas corría a una velocidad increíble. Otro desplegó sus alas y se echó a volar, mientras otros saltaban o volaban gracias a complejos dispositivos que les permitían avanzar a grandes zancadas. El único que caminaba quedó unos cuantos metros atrás en cuestión de segundos.
La prensa corría tras los ágiles. Los cámaras buscaban el mejor ángulo de los que iban en la primera línea, mientras los medios televisivos buscaban cubrir al aparato más extravagante. El caminante caminaba solo, rodeado de la nada. Lo único que recibía era los aplausos que ni siquiera estaban dirigidos hacia él.
Las pantallas gigantes mostraban al que iba en primer lugar. Un estadounidense equipado con dos propulsores de fuego iba en la cabecera, seguido por un ruso con zancos de resortes, mientras que en tercer lugar el hombre de las alas parecía haber ganado terreno. La prensa lo atribuía a un defecto en la maquinaria que portaba el inglés, y especialistas lo consideraban una racha a favor por un cambio en la dirección del viento, pero se le notaba en los ojos la fuerza que le ponía a cada aleteo.
La carrera terminó como lo habían previsto varios apostadores. Salió victorioso el hombre con sus máquinas, y las alas de aquel otro le regalaron un segundo lugar. El tercer puesto ya dejaba de tener importancia. Lo que nadie vio es que el caminante también había llegado a la meta, unas cuantas horas más tarde que el resto de los competidores. Los espectadores ya se habían retirado del estadio, ninguna cámara lo capturaba y sin embargo estaba feliz.
lunes, 18 de marzo de 2013
El arte de sacar una sonrisa.
Si hay algo que me gusta hacer es lograr que la otra persona sonría.
El arte de sacar una sonrisa es estar ahí, en el momento justo, cuando el otro lo necesita y dar en la tecla justa. Pifiarle puede ser sinónimo de una catástrofe o mínimo de un trompazo, y por ello hay que ser cuidadoso con lo que se dice, con el cómo se dice y a quién se le dice. Incluso a veces más que decir, mejor funciona el qué hacer.
Las palabras son polisemias desde cualquier lado del que se lo mire, por lo que un simple gesto puede valer mucho más que una palabra malentendida. A veces es mejor callar y regalar un chocolate.
Me ha tocado estar de los dos lados, más de un lado que del otro, y lo que me ha servido muchísimo es el uso del ridículo, de la burla, desencajar al otro con algo que lo saque de contexto. Sacarnos de un embrollo nos permite volver a acomodarnos ya a conciencia.
Un chiste puede servir de mucho, pero tiene que ser un chiste bueno, incluso tonto, por el cual la risa surja de forma espontánea, sin explicaciones ni matetes.
El otro no tiene que pensar. Una sonrisa no se piensa. La sonrisa es un impulso. Al ser un impulso la sonrisa no se pide con palabras, sino con actitudes inconscientes. Y el payaso en cuestión debe detectar ese pedido y actuar a consecuencia sin pensarlo. El que piensa pierde. La situación se vuelve artificial. Un segundo de reflexión y el impulso se convierte en una causalidad planeada que pierde el efecto que se quería lograr inicialmente. El que logra no pensar y cuidar de los detalles para sacar una sonrisa es un completo domador del arte de hacer sonreir. Si sale mal por un estímulo pensado, el actor queda como un malintencionado. Si sale bien del mismo modo, la sonrisa se vuelve efímera al cabo de un rato.
El impacto, la sorpresa, juegan mucho y suelen ser más que efectivos.
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Voy a dedicar este espacio a proyectar todo lo que vaya aprendiendo en el camino, tanto en el taller, como en la calle, la facultad. De todo se aprende y se puede extraer algo rico sobre lo cual trabajar.
Gracias por leerme y les dejo un pequeño consejo: está bueno ser un poco payaso para cada aspecto de la vida.
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